viernes, 25 de julio de 2008

Prólogo

El montaraz dormía. El sueño era un tanto agitado. No podía descansar del todo arrumado en ese frió montón de troncos cubiertos por solo un techo roto. La noche estaba fría, y el rocío penetrante calaba los huesos del hombre. Hirdin se sacudió, como queriendo espantar aquel sombrío abrigo. La aldea de Bree era demasiada fría por esa época, y no había lugar mejor a la redonda. Los bosques y llanuras ya no eran seguros con todos esos orcos merodeando.
Pero llegado un momento de la noche, pudo conciliar sueño profundo. Más que mal, el viajero estaba cansado. Y fue en ese sueño que la vio por primera vez. Y sonó, y sonó, y sonó...

El bosque era espeso, y poca gente lo había caminado una vez. Lucía como Lothlorien, con sus árboles altos y empinados, pero a la vez como las espesuras mismas del Bosque Negro, sombrías y misteriosas. ¿Cuál seria aquel lugar? Estaba desorientado.
Caminando no mucho, vio una casa más bien humilde, de una sola planta. Tenia una puerta más bien sencilla, y los postigos de la única ventana estaban abiertos, lugar del cual salía una hermosísima voz. Y como todo se hallase oscuro a esa hora, una luz provenía del interior de aquel lugar. Así que, arrimándose sus ropas, el montaraz buscó el silencio y las sombras para acercarse a la ventana.

Busco la mejor posición, y avanzó. Pero su sorpresa fue mayúscula, cuando al asomarse vio una hermosa doncella, de vestidos cubiertos de rosa pálido, ciñendo una hermosa tiara el su delicada frente. Fue encanto a primera vista. Largo rato permaneció allí, en lo oscuro, escuchando y viendo a divina mujer, que cantaba y bailaba al ritmo de su propio compás.
Y supo entonces, al ver su belleza y escuchar su melodía, que era la más bella y única rosa silvestre, de pétalos de terciopelo vivo y espinas de marfil puro, la más bondadosa princesa que el mundo conocería en edades completas. Se enamoró, y suspirando profundamente salió de su escondite, al momento que ella dejaba su cantar.
La puerta se hizo cercana, y aun más el interior, que al paso sigiloso del caminante no dio resistencia. Y antes que la canción se extinguiera, ella le vio el rostro, diciendo:
- Yo te he visto antes. Pero tu nunca caminaste por estos bosques.
- ¿Donde estoy? - preguntó Hirdin
- El lugar no importa - dijo ella -. Lo importante es que estás aquí, ya que te esperaba sin conocerte aún- replicó
- ¿Cómo sabes que soy yo el que esperabas y no otro? - preguntó el hombre.
- Lo supe al conocerte - respondió.
- Pero si no me conoces, ¿cómo es posible eso?
Y dicho esto, la mujer se acercó a él, diciéndole dulcemente al oído:
- Sólo al mirarte te conocí, y vi cuanto has sufrido, cuanto has llorado, porque tu mirar me lo ha dicho todo. Tus ojos son tristes y cansados - y dicho esto, le acarició el rostro y tomo su mano- Descansa en mi ahora.
Al instante la doncella se recosto sobre su pecho, y escuchando el latir del corazón de Hirdin, acompasó el suyo al de él. Hirdin tuvo una extraña sensación de descanso, que nunca antes tuvo. Tuvo la sensación de amor verdadero, que nunca antes había sentido.
Y se amaron, convirtiendo la tierra en un girar eterno, al momento de elevarse y recorrer eternidades con su amor. Y la entonces casa humilde se transformó en una mansión hermosa y grande, que se elevó hasta la luna misma, donde se posó, con sus enormes estancias y jardines se asentó ahí, con un cielo nuevo, sin nubes ni tristeza, donde ambos fueron amos y señores del nuevo amanecer de sus vidas.
- Pero ¿como te llamas? - pregunto el Dúnadan.
- ¿Acaso aún no lo sabes? Eso lo sabes tú, y así me llamaré por siempre.
Hirdin pensó, pero más allá del pensamiento mismo su corazón le habló.
- Arôlwen, la Doncella del sueño - respondió.
Y dicho esto se besaron, queriendo y deseando que fuese eterno. Ella le obsequió su corazón tallado en madera, símbolo de su amor y esperanza. Él le obsequio una flor, que Arôlwen guardaría para siempre en su corazón.

Pero el corazón de Hirdin es el de un hombre, de aquellos que busca lo mejor, pero no lo cuidan. Y muchas veces salió, y busco victorias y gloria falsa, que a su amor y doncella no cuidarían.

Triunfos, guerras y batallas ganadas, que sirvieron como vino embriagante, lleno de felicidad truculenta, que en su mañana tenían dolores y nauseabundas visiones y realidades.
Así desprotegió su castillo, su morada, dejando a su reina desprotegida de cualquier ataque.

Y sucedió como debía de pasar. Llegó la tormenta. Una ráfaga de viento maldita subió desde la maldad misma de la tierra hasta su morada, en venganza quizá por todo el mal que Hirdin una vez le hiciera. Y consigo trajo el encanto de algo desdeñoso, algo que Hirdin nunca previó: seguridad. Corrió a paso veloz al hogar, pero era tarde: Arôlwen, su dulce princesa y reina ya no estaba. Se había ido en busca de si misma, de un trono mas seguro.

Hirdin miró atrás, después de todo. La tormenta dejo casi en ruinas la morada. No era habitable y nadie quería estar ahí. Las sombras querían merodear, pero en su último respiro, el montaraz las batalló hasta erradicarlas.
La soledad misma lo abrazó con su gélido manto. No tenía nada que quisiese en este mundo.
Y entrando una vez más, se recosto en lo que un día fue su alcoba con Arôlwen, y suspirando por ultima vez dijo:
- Te amo, Arôlwen - y se hizo uno con la piedra fría.

Un trueno fuerte, lo despertó con un sobresalto. Tenía el rostro mojado y los pies entumecidos.
Pero algo había en su mano, que le llamó la atención. Era un corazón tallado en madera, y supo entonces que no fue solo un dulce sueño.

Mirando el horizonte, Hirdin el montaráz, se arrimó para seguir descansando, suspirando profundamente:
- Algún día volveremos a nuestra casa, amada Arôlwen. Así será - y dicho esto, interno su mirada en la preocupante tormenta que venía del norte.